La nextgen en tiempos revueltos

No es mi intención ser agorera, pero 2020 ya se ha postulado como el año perdido. La inusual crisis se expande en lo personal y profesional, y posponer planes está a la orden del día. El temporal anda lejos de desparecer y, aunque amaine una temporada, no sabemos a ciencia cierta cuándo abandonaremos la nueva normalidad y nos sumiremos en la vieja, la cual ahora parece hasta idílica.

El «ahora» representa un cambio de hábitos dentro de nuestro espacio. Un lugar físico refleja riesgo; la opción segura es dar el salto al espacio virtual. Por supervivencia, muchas empresas han tenido que acelerar su transformación digital y facilitar el trabajo desde el domicilio. El contacto de mesa a mesa, o en una sala de reuniones se sustituye por videoconferencias en una gran retícula con numerosas figuras desde su habitación. De la noche a la mañana, el acalorado debate sobre el teletrabajo ve el final dando la victoria al bando del sí. Tal vez una amarga victoria con la escuelas cerradas.

No desviarse del camino resulta una tarea más compleja por la ausencia de espacio físico común. En grandes proyectos, una buena comunicación es clave para llegar a buen puerto. Pensemos en títulos AAA desarrollados por equipos de más de 500 o 1000 personas que han de mantener durante años una visión conjunta entre departamentos y sedes repartidas por el mundo. Y con personal junior que depende de miembros experimentados para supervisar su trabajo. Suena un poco cuesta arriba, ¿no? Esta situación ha ralentizado el proceso de muchos de estos títulos, y eso se traduce en atrasos o anuncios que no verán la luz a corto plazo.

Los eventos digitales de las desarrolladoras han dejado bien claro que este año toda predicción es fútil. No hay show, ni prácticamente nueva generación. Sin embargo, Microsoft y Sony insisten en hacer despegar la nextgen en medio de la profunda brecha mundial. Solo hay dos títulos de este E3 de Hacendado que me hayan tocado el corazoncito, esos son Fable y Demon’s Souls, lo cual tiene gracia tratándose de un reboot y remake respectivamente. Y, bueno, tienen pinta de que se harán de rogar.

Esta serie de presentaciones veraniegas descafeinadas me dejan claro que hay poca cosa que sacar a la mesa. Las grandes lo han intentado; han enseñado sus mejores cartas de la baraja, pero se me antojan insuficientes para justificar el salto a la nueva generación. A mi alrededor solo observo apatía y desconcierto.

Microsoft facilita una transición a corto-medio plazo con el servicio smart delivery, es decir, me puedo comprar Halo Infinite en Xbox One X y jugarlo en un futuro en Xbox Series X sin coste adicional. Asimismo, no dividirá a los usuarios por generaciones. De esta manera es posible invitar a echar un slayer a cualquiera que esté en mi lista de amigos. La dulce transición, dicen. Visto así, ¿para qué voy a cambiar este año de generación? ¿Por la ilusión de estrenar algo nuevo? No se ha mostrado demasiado músculo gráfico y la primera hornada deja a relucir que son títulos intergeneracionales.

Antes del extraño caso del pangolín -o del proyecto ultrasecreto de Bill Gates, depende de donde mires- estaba convencida de adquirir una Series X, pero ahora me parece más sensato apretarse el cinturón y ser paciente en esta vorágine de incertidumbre. Posponer en 2020 es sin duda la opción correcta.

Arashi
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Arashi

Aparte de patear traseros de piratas como gobernadora en Mêlée, soy una fanática de los videojuegos desde que de pequeña me regalaron la Atari 2600. Adoro las aventuras gráficas y los RPG, pero no le hago ascos al resto. Otra de mis pasiones es todo lo relacionado con Japón.

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