Análisis Hatoful Boyfriend Holiday Star

Ya está aquí esa época del año en la que nadie ve mal que hayan señores gordos vestidos de rojo sentando en sus rodillas a tiernos infantes; ni emborracharse junto a tu jefe en la cena ritual de empresa de rigor, aunque la sensatez nos vibre desbocada cual sentido arácnido, alertándonos de los riesgos para nuestra salud laboral que eso conlleva. Es época de reflexión, y de hacer balance; replantearse lo sucedido durante el año. En ese ejercicio me encuentro, cuando me veo a mí mismo: Vagabundeando por el yermo en Fallout 4, descubriendo parajes maravillosos inexplorados en Xenoblade Chronicles X, eligiendo el mal menor en las botas de Geralt de Rivia en The Witcher III… Me veo cómo he dejado todo eso aparcado para jugar a un juego muy concreto, y escribir una reseña festiva. Y ese imprescindible título que traigo al blog no podía ser otro que Hatoful Boyfriend Holiday Star. Este ha sido un año curioso.

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Si sois oyentes habituales de nuestro podcast, sabréis de nuestra pasión por el juego “de los palomos ofrecidos”. Juego que al final no tuvo el análisis prometido, por desgracia (y por zanganería del que aquí suscribe). Realmente, “pasión” no sabría si es la palabra correcta. Lo cierto es que lo que empezó como una broma -es decir, cuesta tomarse en serio a una novela gráfica que va de amoríos y ligoteos con palomos que te tiran la caña-, tras unas horas de juego acaba destapándose como una historia de suspense, traiciones y apocalipsis aviares. Había que dedicarle unas horas, pero el juego escondía una trama más interesante de lo que cabía esperar. Lo que lo hacía atractivo era lo inesperado de los giros argumentales. Y sobre todo el carisma que desprendían esos palomos, que no dejaban de representar y parodiar los arquetipos clásicos de todo juego conversacional japonés, pero a los que daba gusto meterles ficha hasta conseguir, cual Pokemon, hacerte con todos.

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Tras estos dos párrafos ya queda claro que no estamos ante un juego para todo el mundo. Hay que tener la facultad de saber tomarse algo así muy poco en serio, para que una obra tan paródica, y a priori tan ridícula, pueda entrar de primeras. El caso es que algo tendrán estas aves, que poco tiempo después del lanzamiento del juego original nos vuelven a visitar en esta nueva aventura, más expansión que nuevo juego, aunque se nos venda como tal. Y esto es importante mencionarlo, por al menos dos motivos.

El primero es que resulta imprescindible haber jugado a Hatoful Boyfriend, para poder entender lo que nos están contando. La historia de Holiday Star da por hecho que ese es el caso, porque aunque es cierto que nos avisan cuando pueda haber spoilers de la anterior entrega, jugando primero a esta segunda parte no entenderemos ciertos comportamientos, o peor aún, nos destriparán detalles o directamente el final del original. Además, ni se presenta a los personajes debidamente, ni se explica qué narices pinta una humana (con su genética “cazadora-recolectora”), en un instituto por y para aves, el increíble Saint Pigeonation. Para ello se asume que conocemos, no solo el juego original, sino las historias ocultas que destapamos habiendo logrado todos sus finales.

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El segundo motivo por el cual es importante mencionar que es más expansión que juego, es su duración. Holiday Star es bastante más corto en horas, y es que Hatoful Boyfriend tenía dos partes bien diferenciadas: La primera, cuando estamos romanceando en los “recorridos normales”, y la segunda, la de la “historia verdadera”, que es el recorrido normal pero ampliado extensamente casi con un nuevo juego, y que se acaba alargando mucho más de lo esperado. Holiday Star no tiene esa vuelta de tuerca (o por lo menos, no a ese nivel), y aunque nos dará para pasar el rato un par de tardes, no tardaremos tanto en sacarle todo el jugo. Es algo a tener en cuenta, porque el juego ha salido al mismo precio que tiene actualmente el original Hatoful Boyfriend (9,99€ en plataformas digitales, como Steam, o GOG.

Otra diferencia importante es que se deja a un lado el objetivo de ligar con palomos que caracterizaba la novela interactiva. La historia de Holiday Star se divide por capítulos, y aunque se mantiene el poder elegir entre diversas opciones en momentos cruciales, no tiene ni por asomo el mismo efecto, ni la importancia del primero. Siguen existiendo decisiones donde una mala elección hará que nuestra protagonista acabe horriblemente mal, aunque en algunos casos se me antoja bastante aleatorio, y hay que tirar de ensayo y error (y guardados de partida).

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La trama de Hatoful Boyfriend: Holiday Star es otra caricatura, en este caso de cuentos navideños. Hay unos misteriosos ladrones que han aparecido de repente en pleno parón invernal del instituto, dispuestos cual Grinch aviar a robar la Navidad. O al menos, todos los abetos decorados que encuentren a su paso. La chica humana que encarnamos no puede evitar lanzarse a investigar lo ocurrido, junto con su amigo de toda la vida (una paloma, por supuesto), y así empieza la nueva aventura, guiños a la saga Ace Attorney incluidos. A pesar de lo ridículo del planteamiento, el desarrollo de la historia no empieza mal, pero por desgracia va perdiendo fuelle conforme pasan los capítulos. Eso sí, no faltarán las revelaciones, las situaciones increíblemente absurdas, y los giros de guión convenientemente racionados a cuentagotas, como en el original.

Jugablemente lo es tanto como puede serlo leer una pantalla intentando acurrucarte en una manta para estar calentito. El juego sólo nos exige clicar el ratón para ir pasando texto, a riesgo únicamente de que se nos hiele la mano. Una buena alternativa si jugamos en frías épocas navideñas es un guante. O usar el teclado. O el mando. Debajo de la manta. Nuestra única interacción será esa, y como mucho decidir en algún momento puntual entre dos o tres opciones. Por cierto, esas conversaciones y decisiones no las podremos disfrutar en nuestro idioma, ya que el juego no está traducido al castellano.

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En cuanto a lo técnico de Hatoful Boyfriend Holiday Star, este juego evidentemente no es un alarde ni lo pretende. Gráficamente todo se desarrolla con imágenes estáticas, que tampoco es que destaquen precisamente por lo artístico. Las cancioncillas que suenan al estilo MIDI son agradables y hay una para cada situación (alegría, tensión, tristeza…) y personaje, como es habitual en el género que parodia. Un buen ejemplo es el uso de la pieza de música clásica “Danza del Hada de Azúcar” de Tchaikovsky, para el personaje más adorablemente psicópata del reparto coral. ¿Puede un ave ser adorablemente psicópata? En este juego sí.

Concluyendo; Hatoful Boyfriend Holiday Star es el juego que necesitas si te quedaste con con ganas de más tras los eventos ocurridos en el Saint Pigeonation. Es el único caso en el que se puede recomendar sin miedo a que nos miren mal por ello. Teniendo en cuenta que es un juego surgido en 2011 de una broma de April’s Fool (el día de los Santos Inocentes anglosajón), seguro que ni sus propios creadores esperaban que estos palomos llegaran a volar tan alto, ni ser tan rentables.

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Quién sabe, quizás os pase que estos dos juegos cambien vuestra perspectiva del mundo urbano. Quizás dejéis de ver a esos bichos alados como las malditas ratas del aire que, para muchos descreídos como mi antiguo yo, son. Quizás os sorprendáis a vosotros mismos mirando con otros ojos a las palomas del parque. Quizás aparquéis un momento vuestro juego favorito, ese en el que se ha invertido una cantidad inagotable de recursos en su creación y marketing posterior, por algún motivo difícil de explicar.

Quizás, simplemente, debería felicitaros las fiestas y dejar de desvariar. Ciertamente, hay años curiosos.

¡Felices fiestas, amigos de La Fortaleza de LeChuck!

Jingle Birds, jingle birds, pigeons all the way…
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Heko

Se peleó de pequeño por hacer funcionar un ZX Spectrum, lo cuál no presagiaba nada bueno a largo plazo, aunque curiosamente él lo recuerda con cariño. Ya de mayor, sufrió un terrible accidente al retirar un USB de su puerto sin esperar a qué fuera seguro quitarlo. La catástrofe asoló medio continente, aunque la radiación le concedió el superpoder mutante de escribir sobre todo lo que a él le apasiona. Entre otras cosas, por supuesto, sobre “eso de los marcianitos”.
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